ESTRECHO DE BERING (unión América – Asia)

 In EXPEDICIÓN NEMO

Nada supera al estrecho de Bering cuando nos referimos a lugares remotos del planeta. En los confines del mundo, allí donde parece que el tiempo se hubiera detenido, es donde nos lleva el próximo cruce de la ExpediciónNemoKayak, al inconmensurable desafío de unir Asia y América nadando.

El estrecho de Bering separa las tierras de Alaska y Rusia, 80 kilómetros de uno a otro extremo, de Cabo Gales a Naukan. El mítico estrecho por el que se cree cruzaron los primeros pobladores del continente americano durante la última glaciación, tierra de inuits, osos polares y auroras boreales. Un lugar de leyenda y, justo allí, vamos a nadar. En mitad del estrecho hay dos islas, las islas Diómedes, separadas tan solo por 3’7 kilómetros, sin embargo, pertenecen a dos continentes distintos. Al oeste, Big Diomede pertenece a Rusia (Asia), al este Little Diomede pertenece a Alaska (América). Entre ambas discurre la línea de cambio horario, es decir, a cada lado de la línea también son días diferentes, mientras que la isla americana está en un día, la isla rusa ya está en el día siguiente. Gélidas aguas que en la época estival rondan los 3ºC de temperatura, fuertes corrientes, viento y especies marinas como ballenas, morsas y focas no hacen sino acentuar aún más el carácter trepidante de esta aventura.

Sólo llegar hasta allí, a los 65º N, es una expedición. Volamos desde Madrid a Frankfurt donde, por un cambio de hora en la salida, perdemos el avión a Anchorage (Alaska) y nos vemos obligados a hacer noche en la ciudad alemana hasta el día siguiente cuando, afortunadamente, sale un nuevo vuelo. Tras más de un año entrenando y preparando la logística, este tipo de contratiempos se convierten en una pesadilla. Tengo todo organizado de tal modo que, un cambio en los planes obliga a reajustar los siguientes eslabones de la cadena. El vuelo a Alaska traza una ruta ortodrómica sobre Groenlandia y Canadá, salimos a las 15:00 p.m de Frankfurt y llegamos prácticamente a la misma hora del mismo día a Anchorage, la meteorología nos obsequia con un cielo azul despejado por lo que podemos disfrutar durante todo el viaje de unas vistas privilegiadas sobre las blancas y deshabitadas tierras polares. Glaciares, icebergs, cumbres nevadas e inmensas llanuras completamente blancas dominan el paisaje en una de las regiones más inhóspitas del planeta. Y, precisamente por eso, atraen mi lado más salvaje con un poderoso magnetismo.

Una vez aterrizamos en Anchorage y pasamos el control de seguridad de entrada a Estados Unidos, sin tiempo para descansos, fotos ni contemplaciones a pesar de los trineos, animales disecados y carteles que nos dan la bienvenida a Alaska “La última frontera”, vamos corriendo a coger un vuelo interno que sale en una hora a Nome, una población en la costa oeste a la que únicamente se puede acceder en barco, avión, o en un trineo tirado por perros. Montamos a bordo de un pequeño avión decorado en su interior con bordados y donde las azafatas van vestidas de calle, puedo percibir cómo nos vamos alejando cada vez más de la civilización. En seguida, nos rodean algunos pasajeros, los más curiosos, y nos preguntan qué nos trae por estas tierras, sorprendidos por nuestra presencia. Les explico de buen grado que nos hallamos inmersos en una expedición que consiste en unir nadando los 5 continentes y que nos dirigimos a la isla Little Diomede para nadar en el estrecho de Bering uniendo América con Asia. Nos dan la bienvenida con entusiasmo y nos hacemos algunas fotos. Es un vuelo corto, cuando llegamos a Nome nos vienen a recoger Nancy y su marido, dueños del Bed & Breakfast Angel Camp by the Sea en el que nos vamos a alojar esta noche. Se trata de una casita acogedora con unas vistas maravillosas desde el acristalado salón al mar de Bering. Al día siguiente, si la meteorología acompaña, volaremos en helicóptero a la isla Little Diomede, por lo que utilizamos esta última parada a modo de campamento para preparar todo el material y la comida deshidratada que nos vamos a llevar para sobrevivir una semana en la isla. Tengo la sensación de que ésta va a ser la última morada acogedora en un tiempo. Antes de que anochezca, para despejarme después de tantas horas de viaje desde que salimos de España y para probar la temperatura del agua, bajamos a una especie de calita entre las rocas. Mar adentro puedo ver algunas de las minas de oro flotantes que todavía trabajan en la región, metal que atrajo a miles de buscadores de todo el mundo a finales del S. XVIII y principios del S. XIX durante la famosa fiebre del oro a la región del Klondike y el río Yukón. La temperatura del agua rondará los 5ºC, nada más entrar siento el frío mordiéndome las piernas, es tal el frío que da la sensación de que el agua quema. Me sumerjo de golpe hasta la cabeza, doy unas brazadas, el pulso y la respiración se aceleran mientras el sol se va lentamente escondiendo tras el horizonte, cuando llevo apenas unos minutos decido salir congelado de frío. No sé cómo lo voy a hacer dentro de unos días en el estrecho de Bering cuando tenga que nadar 4 kilómetros con el agua a 3ºC. Mañana el día será largo, cenamos uno de los sobres de comida deshidratada para ir familiarizándonos con ellos y sin más demora, nos vamos a dormir.

Abro el ojo, son las cinco de la madrugada, intento dormir un poco más pero mi mente ya está activa y quiero aprovechar el tiempo. Me levanto, todo está en silencio y ahí fuera la calle permanece a oscuras y desierta. Mientras desayuno y trabajo desde mi ordenador, se levanta Ibra, cámara y co-director del documental que estamos filmando de la expedición. Salimos al exterior para comprobar la temperatura y cuál es nuestra sorpresa que, al mirar hacia arriba, vemos unos haces de luz verde fantasmagórica bailando en el cielo: la Auroa Boreal. No nos lo podemos creer, ser testigos de tan hermoso espectáculo nuestra primera noche en Alaska. Permanecemos absortos, extasiados, abrigados con nuestras chaquetas durante un largo rato, emitiendo sonidos de exclamación cada pocos segundos observando a esta dama de fantasmagórica presencia bailar en el cielo.

La noche va muriendo lentamente, primero el alba, luego el sol va despuntando lentamente sobre el horizonte, y la vida nos regala un nuevo y apasionante día. Recogemos el equipaje y nos dirigimos a los hangares de Pathfinder aviation, desde donde sale el helicóptero rumbo a la isla Little Diomede si la meteorología nos acompaña.

Cuando llegamos a los hangares, Nome está inmersa en la niebla. El piloto nos informa de que, hasta que no se divisen unas montañas que hay al norte, no podemos despegar. Dejamos el equipaje, cruzamos los dedos y nos vamos a dar un paseo por Nome. Todo es salvaje aquí, no hay coches pequeños, son todo rancheras y todo-terrenos, los espacios abiertos, las casas de madera, cornamentas de alce decorando las fachadas, skies y raquetas recordándonos lo duro que es el invierno, constantes menciones a los buscadores de oro, carreras de trineos tirados por perros como la Iditarod, fotos en blanco y negro…Saboreo cada detalle, me detengo a cada paso a contemplar un mundo nuevo de rudeza y tierras inhóspitas que me cautiva y que tan románticamente guardaba en mi mente. Las tierras de Alaska, crudas hermosas, salvajes, solitarias. Cuando terminamos de comer en el restaurante Nugget Inn, regresamos al hangar. La niebla se ha disipado y vamos a poder volar hasta la isla.

En el helicóptero viajamos con una enfermera, un cura y una profesora de la escuela. Me recuerda a aquellas expediciones que siempre has leído en libros o visto en películas a los lugares más inexplorados del planeta, tierras de esquimales, soledad y temperaturas bajo cero cerca del polo norte donde la naturaleza es hostil, la vida hace verdaderos esfuerzos por abrirse camino y sus habitantes luchan al límite de la supervivencia. Sobrevolamos las gélidas aguas del mar de Bering, el ruido ensordecedor del motor y las aspas apenas nos permiten hablar sino es por gestos y vamos todos inmersos en nuestros pensamientos. Voy mirando por la ventanilla, pensando si alguno de mis acompañantes sabría nadar en caso de accidente, cuánto aguantaríamos con el agua a esa temperatura, impresionado por la inmensidad del lugar, el vasto océano…Es la travesía más difícil que he realizado nunca, la más complicada hasta la fecha sin duda, no sé cuántas personas lo han logrado a lo largo de la historia, españoles estoy seguro que ninguno. No sólo resulta complicado llegar hasta aquí, es una travesía que impone mucho psicológicamente, una región del planeta tan aislada, las fuertes corrientes en las inmediaciones del océano Ártico, la cambiante e inestable meteorología, la proximidad a Rusia y la situación geográfica y política, la existencia de fauna marina peligrosa como orcas y morsas y el exiguo equipo con el que viajo: poco más que un cámara y un traje de neopreno. Al cabo de una hora de vuelo divisamos la isla Little Diomede, el helicóptero traza un pequeño giro sobre la isla y aterrizamos lentamente en el único y reducido espacio plano que parece haber en la isla. Hemos llegado. Y aquel lugar mítico que se antojaba inalcanzable, sobre el que apenas hay información en el mundo civilizado, aparece ante nuestros ojos, lo tenemos bajo nuestros pies.

Nada más bajar del helicóptero, el primero que viene a saludarme es un husky que me huele la mano y al que froto la cabeza. Vamos descargando el equipaje mientras las aspas del helicóptero hacen un ruido ensordecedor. Saludo a Mike Gadbois, director de la escuela, y a un montón de niños que jalean mi nombre y chocan mi mano. Les han debido contar que llegábamos y nos esperaban con ilusión, las visitas del mundo exterior siempre son emocionantes. Dejamos el equipaje en la escuela, nos indican dónde vamos a dormir, nos presentan al personal y nos explican las normas básicas de funcionamiento. Se trata de una escuela formidable, mejorando todas las expectativas, donde para empezar hay calefacción. Dormiremos en unos colchones sobre el suelo en una de las aulas. Para poder venir a este lugar es necesaria la autorización del Consejo de Inuits y pagar unas tasas, así como para poder filmar dentro de la isla, permisos que tramité hace ya tiempo gracias a nuestro contacto en Alaska. Salgo al exterior para estudiar la travesía y saborear este momento, para ir familiarizándome lentamente con el lugar. El viento sopla con intensidad, hay una manga en el helipuerto completamente hinchada y horizontal dirección norte. Hay fuertes corrientes marinas, justo en frente de la isla hay una zona más revuelta, lugar de confluencia de la corriente que viene del mar de Bering hacia el norte y otra que proviene del océano Ártico hacia el sur levantando algo de oleaje. El mar es de un color azul oscuro, profundo, misterioso, la superficie plateada y densa por el frío. A escasos 3 ó 4 kilómetros al oeste se alza imponente la isla rusa Big Diomede, parece desierta, los esquimales que vivían en ella fueron deportados a la Rusia continental hace años, ahora sólo hay una base militar y varios puestos de vigilancia estratégicamente ubicados. Es el lugar menos propicio para nadar, un compromiso, nadie vendría a un lugar como éste a bañarse. Físicamente, es todo un desafío, mentalmente me impone mucho respeto, incluso miedo.

Alaska pertenecía a Rusia hasta 1867, fecha en que la vendió con todos sus habitantes a Estados Unidos por siete millones de dólares, en una época en la que supuestamente estaba abolida la esclavitud. Las familias que vivían en ella quedaron separadas. Por esta, entre otras razones, el hombre blanco no es muy querido en estas latitudes. Sin embargo, no se muestran así con nosotros. Si algo he aprendido durante mis viajes y expediciones es a viajar con humildad y sin juzgar, desde el respeto. Hay una tendencia al etnocentrismo en las sociedades modernas de Europa y Norteamérica, pero las culturas indígenas despiertan mi admiración. Sociedades ligadas a la tierra y a las tradiciones que, como todo lo relacionado con la naturaleza, están siendo destruidas en todo el planeta por el dogma de la modernidad y el ritmo de vida occidental. Cuando apenas llevamos unos días nos invitan gratuitamente a comer en sus casas carne de foca, morsa y oso polar, un gesto valioso y significativo que apreciamos profundamente y que no se suele prodigar con los forasteros. Charlamos con ellos en inglés, su lengua nativa inupiac la han perdido y sólo es hablada por los ancianos. Acceden a que les entrevistemos y nos hablen de sus tradiciones, bailes y canciones. Nos cuentan cómo el cambio climático y el calentamiento global están trayendo cambios a su entorno. Hace tiempo el estrecho de Bering se congelaba completamente, pero de unos años a esta parte apenas son unos bloques de hielo flotando entre ríos de mar, ya no se trata de una superficie sólida, lo que dificulta salir a cazar y hace que en invierno las olas y las tormentas embistan contra la isla, por lo que tienen que construir muros de contención. Se trata de una economía de subsistencia, dependen de la caza para sobrevivir, sin embargo ahora el período para la caza se ha reducido. De hecho, las fechas en las que estamos deberían ser ya tardías para intentar cruzar nadando, en septiembre debería estar todo congelado, pero no es así, la temperatura exterior ronda los 8ºC de día y el agua los 3-5ºC, hay unas temperaturas inusualmente altas para la época del año en la que estamos.

Una de las condiciones para poder visitar la isla es aportar algo a la comunidad. Una mañana imparto un par de charlas con fotografías a los chicos de la escuela sobre mis viajes y expediciones, son un total de 25 alumnos, una cuarta parte de la población de la isla. Por la tarde, salimos a limpiar de plásticos la costa, a pesar de estar en el fin del mundo, también asolan la isla de un modo deprimente. Otra tarde, dando un paseo por el pueblo, vemos que llega una barca arrastrando un animal grande por el agua. Bajamos a la orilla y vemos que los cazadores traen una morsa, somos testigos de una tradición ancestral cuando comienzan a despellejar y despiezar el ejemplar repartiendo la grasa, los colmillos y los órganos entre aquellos que han participado en la caza, mientras los niños corretean alrededor y se llenan las manos de sangre tibia que brota de los vasos jugando con absoluta naturalidad. Otro día vemos pasar varias ballenas jorobadas justo entre las dos islas rumbo al océano Ártico. Subimos a lo alto de la isla, que resulta ser como una montaña en mitad del océano. Vemos auroras boreales por la noche. Y, a pesar de estar en una isla relativamente pequeña y parecer que no hay nada que hacer, todos los días son excitantes, repletos de experiencias nuevas, y se van sucediendo uno tras otro sin apenas darnos cuenta. Y aquello a lo que hemos venido hasta aquí, lo más importante, sigue pendiente.

Para realizar la travesía a nado necesito el apoyo de un capitán inuit que me dé cobertura con su embarcación por motivos de seguridad y donde pueda ir Ibra filmando la travesía. Estamos en un mes ya muy avanzado del año y, aunque todavía el estrecho no está congelado, los días de buen tiempo sin viento escasean. Me han facilitado el contacto de Peter Ozeena, una mañana hablo con él en el helipuerto estudiando el estado de la mar, esperando a que el viento amaine y las condiciones mejoren. Pero no lo hacen. Quedamos en vernos por la tarde, en esta región el sol tarda en desaparecer tras el horizonte, todavía hay luz a las diez de la noche, y barajo la posibilidad de hacer el intento de cruce por la tarde. Sin embargo, cuando voy a buscarle a la que me ha indicado que es su casa, no está en ella. Hago algo de tiempo, voy a dar un paseo y cuando regreso de nuevo, me dice su hija que se ha acostado. Ya me habían puesto al tanto de que este tipo de cosas podían ocurrir. Cae la noche y me voy a acostar, si mañana amanece calmado resuelvo decididamente intentar el cruce. Es el objetivo que me ha traído hasta estas tierras y no puedo irme sin conseguirlo.

Al día siguiente me levanto temprano, puedo contemplar a través de la ventana la isla rusa bañada por la luz naranja del amanecer. La mar está en calma, ¿el viento?, ni rastro de él. Y un presentimiento recorre mi espalda: hoy es el día. Lo comento con Ibra, desayunamos, salgo de la escuela y voy a buscar a Ron Ozeena, hermano de Peter, de quien me han comentado que también tiene una barca con motor. Se acaba de despertar, sale a la puerta de su casa sin camiseta, contempla el mar durante unos instantes, desperezándose, negociamos un precio, y me dice: “5 minutes, i drink a coffe and see you in the beach”. ¡Wow, de repente, en apenas unos minutos estaré en el agua nadando! Voy corriendo a la escuela, cuando quiero darme cuenta estoy en el baño lavándome los dientes, ¿qué hago lavándome los dientes, es algo realmente necesario? Tal vez inconscientemente me haga sentir más preparado. Preparo un termo con té hirviendo. Acto seguido me unto la vaselina por el cuerpo para evitar rozaduras, me pongo el traje de neopreno, los escarpines y salimos al embarcadero con los guantes y la máscara de neopreno en la mano.

Exceptuando Lynne Cox, nadadora que en 1987 nadó desde la isla Little Diomede a la Big Diomede en plena Guerra Fría para apaciguar la tensión entre ambos países, los demás nadadores de los que tengo constancia han nadado tan sólo desde la línea de cambio horario a la isla estadounidense, la mitad del recorrido, haciendo un cruce simbólico de la frontera intercontinental. Entrar en aguas rusas está prohibido, no sólo hace falta un visado ruso sino también un permiso militar especial que tardan años en conceder. No tengo ese permiso militar, por lo que no puedo llegar hasta la isla rusa, pero todavía no sé dónde comenzar a nadar, si en la línea de cambio horario, o en la isla estadounidense haciendo ida y vuelta hasta la frontera, entrando en aguas rusas, uniendo ambos continentes y cubriendo la distancia real que separa ambos países. Cuando me subo a la embarcación el capitán me pregunta: “¿Dateline or First Cliff?” First Cliff es el acantilado al sur de la isla Little Diomede donde tendría que comenzar a nadar si pretendo alcanzar la frontera y regresar, hacer ida y vuelta calculando la demora por las corrientes para no acabar en el océano Ártico. Y yo no sé quién habló por mí, pero una voz salió en ese instante de mi interior, tal vez la más exigente, la más temeraria, la más inconformista, y dijo: “First Cliff”, aun sin saber si seré capaz de aguantar más de 5 minutos en el agua.

La niebla y el silencio se han cernido sobre nosotros, acentuando aún más la sensación de estar en el fin del mundo. El mar es de un color azul oscuro, misterioso, gélido. Voy bebiendo el té calentándome el cuerpo, sé que el frío comienza fuera y se va metiendo en tu interior. Cuando llegamos al First Cliff me descuelgo por el borde de la embarcación, sumergiendo lentamente el cuerpo en el agua, atento a mis sensaciones, preocupado por los seres que pueden habitar en las profundidades. De momento y, contra todo pronóstico, no siento el agua entrando en el traje. Me encomiendo a Dios y comienzo a nadar enérgicamente, los nervios y el frío hacen que mi pulso se acelere. Exceptuando la cara, voy completamente cubierto por neopreno lo que hace que nade muy torpemente, sin apenas estilo. Por un instante, vuelvo la vista atrás para comprobar que estoy avanzando y me distanciando de la isla. Estoy nadando prácticamente al sprint, intento relajarme, me digo a mi mismo que he de ahorrar fuerzas, la travesía es larga y más adelante comenzaré a tener frío, pero no puedo. No estoy disfrutando nada. Soy consciente de que puedo morir. Vienen a mi mente palabras recordándome que el estrecho de Bering es muy poco profundo, y que si hay algún animal marino debajo de mí, realmente está muy cerca. De momento no veo nada, en ocasiones me da la sensación de distinguir el fondo, de vez en cuando veo alguna medusa amarilla, del tamaño de un puño. De repente, cuando me quiero dar cuenta, la embarcación está muy lejos, más de cien metros por delante de mí, aumentando mi sensación de soledad y vulnerabilidad, y me entra miedo. Ni el cámara, ni el capitán de la embarcación ni su acompañante, tienen experiencia guiando a nadadores en aguas abiertas, la finalidad primordial de la embarcación es permanecer cerca de mí por motivos de seguridad, en segundo lugar marcar el rumbo a seguir ya que no tengo referencias para orientarme. Les pego un grito para que se acerquen inmediatamente. Los animales que más temo son las morsas y las orcas. De vez en cuando se abre un hueco entre la niebla y puedo distinguir la rocosa isla Big Diomede. Estoy nadando en el fin del mundo, he venido desde España hasta este lugar tan remoto del planeta para unir Asia y América nadando, ni siquiera los locales se meten en el mar a nadar. No creo que haya habido muchas personas que hayan hecho antes, ni siquiera que hayan venido hasta aquí. Nado inmerso en mis pensamientos, acordándome de los míos, preguntándome cuánto quedará hasta la frontera, cuando a los cuarenta minutos de nado aproximadamente escucho la voz de Ibra desde la barca avisándome de que hemos alcanzado la Dateline, ¡la línea que separa Asia de América! Me enseñan la imagen en la pantalla del GPS, nado unos metros más para hacer el cruce de la frontera y comenzar el regreso. No me quiero adentrar demasiado en aguas rusas porque sé por otros testimonios que puede ser peligroso, los soldados apostados en los puestos de vigilancia realizan disparos disuasorios. Ya he hecho la mitad, sólo queda la segunda mitad, de momento sigo sin tener frío, comienzo el regreso.

Al sur el mar de Bering, al norte el océano Ártico, las corrientes fluyen con fuerza en la unión de ambas masas de agua gélida, entre las dos islas, y yo estoy nadando en ellas, desplazándome lateralmente por la deriva. La niebla se disipa y puedo distinguir la isla Little Diomede acercándose de nuevo, sobre mi cabeza vuela el dron. Comienzo a tener frío, no he avituallado nada desde que salí, ni té ni siquiera un gel con cafeína y azúcar, no me quiero detener ni un instante. Poco a poco me voy acercando, la embarcación delante de mí, distingo la playa donde me están esperando los niños y profesores de la escuela con pancartas y algunos habitantes de la isla. Voy pegado a la costa, veo las rocas pasar, avanzo veloz, el frío comienza a morderme los huesos, no sé si sería capaz de aguantar más tiempo, los últimos metros, ¡no me lo puedo creer, lo voy a lograr! Por fin pongo mis pies en la orilla, salgo del agua y levanto los brazos en señal de victoria con gran satisfacción. 1 hora y 11 minutos para cubrir los 4 kilómetros que distan desde la isla hasta la frontera y vuelta. Ahora ya me puedo relajar y comenzar a disfrutar. Acabo de de rebasar el ecuador de la Expedición Nemo, de cinco estrechos he acometido con éxito tres. Y el estrecho de Bering, una de las travesías a nado más difíciles del planeta y, sin duda, la travesía más imponente de la expedición, ya está completada.

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