EL ESTADO DEL PLANETA

 In EARTHWIDEWALK, EXPEDICIÓN NEMO

Caminar es el medio de trasporte más lento y expuesto. También el más silencioso y ecológico. Un ritmo de vida diferente, tranquilo, alejado del stress y las prisas de los tiempos modernos. Caminar es un acto de rebeldía y sensatez en esta época de ostentación y derroche, de consumismo desatado. Un ejercicio de desprendimiento, ligereza y sencillez, ya que tan sólo llevas las cosas que puedes trasportar con tu cuerpo. Eso hace que cada elemento de tu exiguo equipaje sea valioso. Las necesidades básicas se vuelven grandes prioridades: encontrar comida, un lugar para dormir, protegerse de la lluvia y el sol. Ciegos y sordos paradójicamente en la era de la comunicación, nunca hubo tantas luces y sin embargo nunca antes estuvimos tan perdidos, caminar es un retorno a las raíces, a la conciencia, al momento, al aquí y ahora. La mejor manera de estar en el lugar y el momento presentes, de conocer las regiones que atraviesas, sumergirte en las culturas y constatar el estado medioambiental de los ecosistemas que recorres.

Uno de los aprendizajes más sorprendentes en mi aventura es que el planeta no es tan grande. Yo lo he recorrido con mis pies, lo he visto con mis propios ojos, es un aprendizaje basado en la propia experiencia. Sé lo que cuesta recorrer mil kilómetros caminando, diez mil, treinta mil, las dimensiones de Asia, el tamaño de Europa, llegar hasta las antípodas y regresar por el otro extremo del globo terráqueo hasta el mismo lugar y del mismo modo: con mis pies. A lo largo de mi vuelta al mundo he podido comprobar que vivimos en un hermoso planeta que merece la pena cuidar. He visto regiones increíbles que jamás pensé que conocería, menos aún recorrerlas solo y caminando, y otras muy castigadas por la acción humana.

Un regalo que te brinda viajar a pie es ser testigo de los hermosos espectáculos que la naturaleza ofrece al mundo. Pasas veinticuatro horas al día a la intemperie, te levantas al alba y caminas hasta el atardecer. Contemplas la evolución de las nubes en el cielo, sacudido por fuertes ráfagas de viento, protegido de los abrasadores rayos de sol, completamente mojado por la lluvia o corriendo a refugiarte de los rayos en la tormenta. Presencias hermosas puestas de sol en lejanas y solitarias playas, los inmensos cielos estrellados  del desierto en el más absoluto silencio, atraviesas el amplio crisol de ecosistemas que puebla el planeta, montañas en cuyas cumbres habitan nieves perpetuas, campos floridos que en primavera huelen a miel, selvas donde los animales provocan tal algarabía por las noches que resulta imposible dormir. Te vas fundiendo lentamente con los ritmos de la naturaleza, escuchas ruidos extraños alrededor de tu tienda de campaña, sientes el planeta como un inmenso ser vivo del que formamos parte y descubres por primera vez, como haría un niño, especies que nunca antes habías visto: osos hormigueros y monos de cara blanca en Costa Rica, el escarabajo Hércules en Ecuador, el charrán inca de Perú, la migración del ganso de las nieves en Estados Unidos, la mariposa monarca en México, murciélagos grandes como balones de fútbol colgando de las ramas de los árboles en la India, delfines jugando con las olas en las playas del mar Negro en Turquía, pelícanos, gallinazos y lobos marinos en la costa chilena a lo largo del Pacífico, las llamas, alpacas y guanacos  en los Andes bolivianos, el mono aullador en Nicaragua, canguros, cacatúas y serpientes venenosas en Australia, arañas como palmas de la mano en Tailandia, los varanos de Malasia, cocodrilos, elefantes y rinocerontes en Nepal…e infinidad de especies con las que compartimos este mundo de fantasía y que encuentras recorriendo paso a paso el planeta.

Pero no todo son buenas noticias. Te llevas las manos a la cabeza cuando descubres que, sólo en España, mueren atropellados cada año treinta millones de animales vertebrados (nueve millones de anfibios, cuatro de reptiles, doce de aves y cinco de mamíferos), por no hablar de insectos, arácnidos…y de los animales atropellados en los otros doscientos países del planeta. Por no hablar de los millones de plantas y árboles arrasados para construir las carreteras, por no hablar de la contaminación ambiental y las emisiones de CO2 de los vehículos, por no hablar de la ingente cantidad de neumáticos desechados, por no hablar de las guerras provocadas por el petróleo.

Contemplas con desazón la que otrora debía ser una hermosa región y en la actualidad está saturada por la construcción: la cuenca del Mediterráneo, uno de los mares más contaminados del planeta. El 50 % del tráfico marítimo mundial atraviesa este mar uniendo Europa, el norte de África y Oriente Próximo. A lo largo de su litoral y red fluvial existen un elevado número de industrias químicas, energéticas y petroquímicas apareciendo problemas de eutrofización, sedimentación y otros muchos derivados del turismo y la pesca.

Atraviesas países de la antigua Yugoslavia arrasados por la guerra y contemplas con tus propios ojos edificios bombardeados, fachadas con restos de metralla y campos minados donde no sólo mueren personas sino miles de plantas y animales. El “terreno de juego” donde se desarrollan las guerras es la castigada naturaleza que sucumbe sin importar como daño colateral. Te invade la tristeza cuando recorres la costa turca del mar Negro y descubres que cada vez más se está ganando su nombre: playas anegadas de plásticos y basura, vertidos de industrias, pesca excesiva, contaminación química, instalaciones nucleares y problemas con el almacenamiento de residuos, el tráfico marítimo y una disminución constante en las poblaciones de marsopas, delfines y peces espada.

Y piensas que deberías comenzar a usar una mascarilla conforme te vas adentrando en Asia donde la polución se acumula hasta límites insospechados. Atravesar una ciudad, ese modelo de desarrollo insostenible, se convierte en una tortura tras pasar días en contacto con la naturaleza y sentir la contaminación en el aire, el ruido, el tráfico y toneladas de basura arrojada por las calles. Uno de los mayores infiernos de mi viaje fue cruzar caminando ciudades como Nueva Delhi o Dhaka. Hay barrios, llamados slums, que son auténticos vertederos en los que viven familias enteras, niños rebuscando entre la basura, ratas correteando. Y has de extremar las precauciones a la hora de ingerir agua y alimentos por la escasa salubridad y el riesgo de contraer enfermedades como la fiebre tifoidea o la malaria. Otro día te encuentras caminando junto al río Ganges, el río más contaminado del planeta donde los muertos bajan flotando con la corriente y el índice de bacterias fecales rebasa con creces la tasa permitida, no para beber, sino simplemente para bañarse.

Continúas caminando y llegas a Tailandia. Cada noche buscas un lugar tranquilo donde acampar, te llaman la atención esos árboles que ves constantemente con un cuenco atado al tronco recogiendo el látex. Son plantaciones del árbol de la goma, monocultivos a gran escala que han hecho estragos en el medioambiente y la población tailandesas para satisfacer la creciente demanda global de caucho de, entre otras, la industria del automóvil, con la complicidad del gobierno que hace las leyes no pensando en el beneficio de su población sino en el de las multinacionales. Las plantaciones de caucho han sido causa de incontrolables brotes de enfermedades, la degradación del suelo y han destruido la biodiversidad. Los caucheros ahora tienen que pagar para obtener lo que antes recogían directamente de los árboles frutales autóctonos.

Llegas a Malasia en la época de los monzones y te sorprende que no llueva. Has de tener cuidado al pernoctar porque la sequía está provocando incendios y lo último que quieres es verte rodeado por las llamas. La erupción del volcán Sinabung al norte de la vecina Sumatra llena el aire de cenizas y hace la atmósfera aun más irrespirable. En la capital Kuala Lumpur cierran varios días las escuelas y recomiendan no salir a la calle para evitar trastornos graves en el sistema respiratorio. Además, al ser un país rico en precipitaciones donde cada año llovía puntualmente, no se han preocupado de construir embalses. Ahora, con el cambio climático y la sequía son varias las horas al día que cortan el suministro de agua en la ciudad.

Cuando crees que ya has visto suficientes incendios, contemplas desolado los que arrasan las selvas de Indonesia, una de las peores catástrofes ambientales del planeta. Más de cien mil grandes incendios en un mismo año poniendo en riesgo la salud pública, a los orangutanes y agravando el cambio climático. Las llamas incentivadas por grandes compañías que pretenden hacer desaparecer bosques y selvas para crear nuevas plantaciones de cultivos como la palma de aceite han expuesto a millones de personas a niveles de contaminación del aire extremadamente nocivos para la salud, amenazan la supervivencia de especies emblemáticas y se han convertido en una de las principales fuentes de gases de efecto invernadero en todo el planeta.

Unos meses más tarde me encuentro atravesando el desierto más árido del mundo, el desierto de Atacama, uno de los retos más difíciles en el que tenía puesta la mente desde antes de comenzar la aventura. La minería es una de las principales actividades de la economía chilena, uno de los mayores productores a nivel mundial de cobre, litio y yodo entre otros, pero provoca un fuerte impacto medioambiental: la contaminación de ríos y mares por la descarga de relaves, la emisión de gases contaminantes a la atmósfera y la disminución del caudal de los ríos debido al enorme requerimiento de agua,  hasta el punto de dejarlos secos como el valle del Copiapó, con la consiguiente destrucción de regiones agrícolas. Están incluso construyendo plantas desaladoras junto al Pacífico para desalar el agua del océano y bombearla cuarenta kilómetros tierra adentro para satisfacer la demanda de agua de las minas.

Continúo mi travesía rumbo al norte por el que ya es mi cuarto continente, América, asciendo los Andes hasta los 5.000 metros de altitud y contemplo con pena basura, latas y envoltorios de plástico que los camioneros bolivianos arrojan a su paso por la hermosa reserva de la biosfera, el Parque Natural del Lauca. Tengo incluso que buscar el ángulo adecuado para que no aparezcan desperdicios al hacer una fotografía. Cuando llego al Perú escucho que la selva está vendida por completo a capital extranjero y siendo deforestada. Pueblos indígenas despojados de sus tierras, activistas medioambientales asesinados por las empresas extractoras de recursos como en El Congo, India, Colombia, Honduras o Ecuador. Desapariciones forzadas, ataques violentos, amenazas a familiares, acoso sexual y judicial, chantaje, vigilancia ilegal, criminalización. Las empresas multinacionales son capaces de las peores artimañas para quitarse de en medio a los que interfieren en sus propósitos y saquear los recursos de la tierra. África y Sudamérica dan fe de ello.

Tras tres años caminando alrededor del planeta, documentando el cambio climático y el estado medioambiental de los ecosistemas recorridos, hablando con gente local sobre la evolución y deterioro de sus entornos naturales, sobre las medidas que debemos adoptar, alcanzo Norteamérica. La ciudad de México es una de las más contaminadas del mundo. La deforestación y la sobreexplotación pesquera son otros de los grandes problemas que sufren los ecosistemas mexicanos. Y llego a Estados Unidos, el país del consumismo desatado, del usar y tirar, el fracking y el que aporta el 25% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Vivimos en un hermoso planeta, sí, pero nuestra especie se ha convertido en una plaga. Hay basura en lugares donde apenas ha llegado el ser humano, toneladas de chatarra espacial, restos de satélites, motores, tornillos…orbitando en un cinturón alrededor del planeta, y basura a mil seiscientos metros de profundidad en el fondo marino, botellas, trozos de metal, aparejos, yogures…donde ni siquiera llega la luz del sol. Huracanes, tormentas y sequías, hemos roto el equilibrio de la atmósfera con nuestra contaminación, por eso ahora el clima es impredecible. El hielo de los polos y glaciares mantiene el planeta refrigerado pero se está derritiendo a pasos agigantados y no hacemos nada para evitarlo, hay lugares del mundo que ya están sufriendo las consecuencias de la subida del nivel del mar. En los últimos cincuenta años hemos perdido más de la mitad de la biodiversidad mundial. El ser humano no tiene derecho a saquear y destruir el planeta, los animales merecen vivir en un mundo limpio, no lleno de mierda. Formamos parte de la naturaleza, lo que le hacemos a ella nos lo hacemos a nosotros mismos. Debemos ser conscientes. La Naturaleza no necesita a la Humanidad. La Humanidad necesita la Naturaleza.

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Comments
  • Susana
    Responder

    Cuantas verdades

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