LA CUENTA ATRÁS

 In EXPEDICIÓN NEMO

En marzo de 2017, culminada la vuelta al mundo caminando y escrito el libro narrando la aventura, una pregunta asaltó mi mente: ¿Y ahora, qué? Podría haberme dedicado a cualquier cosa, sin embargo, sólo una aparecía con claridad. Seguir viajando, viviendo aventuras, enfrentando desafíos, conociendo los rincones del planeta a los que volaba mi imaginación al mirar el mapamundi, escribir libros y dedicarme a lo que realmente me apasiona. Cuando ninguna de las opciones que te ofrecen te convence, cuando sientes una pulsión tan fuerte latiendo en tu interior, no queda más remedio que abrir tu propio camino.

Durante la vuelta al mundo caminando tomé conciencia de que el planeta está cubierto en su gran mayoría por agua, y no podía ignorarlo. Siempre me había considerado una persona montañera, amante de las caminatas, los bosques, la escalada, el senderismo, la acampada…la idea de pasarme el día tumbado en la playa tomando el sol nunca me atrajo demasiado. Sin embargo, me apetecía cambiar de medio, reinventarme, ponerme a prueba, superarme, incluir el mar en mis aventuras y ampliar el horizonte. Era como si, durante la vuelta al mundo caminando, hubiera satisfecho con creces mis ansias de tierra firme, sólida y dura bajo mis pies. Una vez más, no me quería conformar sólo con un trozo del pastel, quería el pastel entero, una AVENTURA con mayúsculas. Un nuevo y ambicioso reto comenzó a dibujarse en mi mente: unir nadando los 5 continentes. Llevaría por nombre la Expedición Nemo, y con él lanzaría un mensaje de conservación de los océanos. ¿Cómo lo iba a hacer? No tenía ni idea, pero me parecía apasionante. Comenzaban los preparativos.

Tal y como hice con la vuelta al mundo, empecé definiendo un itinerario provisional, en este caso, la manera en que iba a unir los continentes. Cruzaría a nado el estrecho de Gibraltar uniendo Europa con África, el del Bósforo para unir Europa con Asia, el de Bering entre Asia y América, el golfo de Áqaba en el mar Rojo entre África y Asia, y una travesía en el mar de Bismarck uniendo Asia con Oceanía. Aún habrá quien me pregunte si no voy a cruzar el océano Atlántico uniendo América con Europa. Acto seguido comencé a estudiar las particularidades de cada región, la fauna marina, temperatura del agua, problemática medioambiental, mejor época para visitarlas, si alguien lo había hecho con anterioridad…Se trata de un hito sin precedentes en nuestro país, tan sólo seis personas lo han conseguido en todo el mundo, conseguí contactar con dos de ellos: el marroquí Hassan Baraka y el argentino Matías Ola.

Otro aspecto fundamental, el más importante después de la motivación, es el entrenamiento. Esto no tenía nada que ver con caminar, requería de un entrenamiento muy exigente. Es cierto que fui socorrista, pero hay un abismo entre nadar 25 metros en una piscina y nadar 20 kilómetros en mar abierto. Honestamente, mi nivel era bajo y ahora, que cuanto mejor nadas más te das cuenta de lo que te queda todavía por aprender, lo veo aún con mayor claridad. Tenía un largo camino por delante así que sin demora comencé a entrenar a diario, por mi cuenta. Me convertí en una esponja que absorbía toda la información que había alrededor y la adaptaba a mis propias sensaciones, experiencia y necesidades. Tenía un objetivo y todo lo que hacía apuntaba en esa dirección. Comencé a leer libros de natación, ver vídeos, a hablar con amigos fisioterapeutas, bomberos, y a aprender algunas cosas sobre los entrenamientos planificados y lo importante que es la técnica en el agua. Al primer mes, me inscribí en mi primera carrera en aguas abiertas, la Travesía Platja Les Palmeres, de 3.000 metros, en Sueca (Valencia). Recuerdo cómo miraba a los demás nadadores ponerse el neopreno, untarse el cuello y las axilas con vaselina para evitar las rozaduras del traje y la sal, los golpes al entrar en el agua, las sensaciones de nadar en grupo o quedarte solo descolgado en mitad del mar, intentar divisar las boyas para nadar con un rumbo…Para mí sorpresa, logré completarla con bastante frescura en 1 hora 5 minutos. A ésta le siguieron otras travesías como los 5’5 kilómetros de la Mediterranean Coast Challenge de Altea o el descenso del Navia en Asturias. Prácticamente, todos los viajes que hacía tenían por objetivo nadar, debía hacerlo a diario, daba igual si hacía sol o llovía, si era verano o invierno, debía mejorar mi técnica y familiarizarme con el oleaje, las corrientes en contra, el agua fría, la salinidad. Me metía en lagos en la montaña, a nadar contra corriente en los ríos, en las playas y, si el oleaje lo impedía, buscaba una cala a resguardo. Poco a poco, y sin darme cuenta, me estaba convirtiendo en un pez. Comencé a sentirme a gusto en el agua, la sentía fluir entre mis dedos con cada brazada, aprendí a controlar mis emociones, en cierto modo, era una forma de meditación. El océano siempre me había parecido un lugar desconocido, frío y oscuro, lleno de criaturas peligrosas, sin embargo, poco a poco fue atrapándome con su enigmático magnetismo. Cada día necesitaba mi tiempo en el agua, las sesiones se iban alargando, mi resistencia iba en aumento, somos agua pensaba, venimos del agua, aproximadamente el 70% de nuestro cuerpo es agua, curiosamente, el mismo porcentaje del planeta que está cubierto por este elemento. El agua es vida, y hay que cuidarla. Me daba cuenta de que cuando, por la razón que fuese, entraba al agua tenso o alterado, deslizaba peor, así que trataba de relajarme y eliminar el ruido de mi mente para concentrarme en lo que estaba haciendo y fluir mejor. El agua percibía mi estado de ánimo.

Además de entrenar, comencé con todo ese trabajo que hay detrás de una expedición y que no se ve. Con la ayuda de mi amiga Inma Suanes elaboramos una web (www.nachodean.com) donde, junto con las redes sociales, iría contando el presente y futuros desafíos. Con mi ya viejo amigo Sergio Catá, tal y como hicimos con la vuelta al mundo caminando, grabamos un vídeo de presentación de la expedición, sencillo y conciso. Álvaro Lafuente, de Spanish Creators, me ayudó a preparar un dossier para buscar el apoyo de patrocinadores. Ha sido ingente la cantidad de emails que he enviado. En este sentido, puedo decir que contamos con el apoyo de marcas como El Ganso y, a nivel de comunicación, con las organizaciones WWF España, Oceana y la Fundación Biodiversidad. Algo que no pude realizar durante la vuelta al mundo fue un documental o una película, tenía muy pocos medios, sin embargo, era una historia que merecía ser contada. Ahora, no quiero volver a dejar pasar la oportunidad. Además de escribir libros y dar conferencias, realizar documentales en el siguiente peldaño, un paso más en el camino de vivir aventuras y contar historias. Con la ayuda de mi amigo Telmo Aldaz de la Quadra-Salcedo y la productora Sangre Hawaiiana elaboramos un pequeño montaje y fuimos a varias cadenas de televisión, pero sólo obtuvimos negativas. Todavía sigo buscando la manera de sacar adelante el documental.

Apenas quedan dos meses para el comienzo de la expedición el 8 de junio, Día Mundial de los Océanos, en el estrecho de Gibraltar, siempre y cuando la meteorología lo permita. El 29 de mayo daré una rueda de prensa en el ayuntamiento de Málaga, mi ciudad natal, presentando la expedición a los medios de comunicación. Actualmente, de enero a mayo, estoy inmerso en una gira por diferentes ciudades del litoral español realizando travesías a nado en aguas abiertas a modo de entrenamiento, promoviendo los valores del deporte y el cuidado de nuestros mares y costas. Es increíble la respuesta tan positiva, una vez más, de la gente local: nadadores, triatletas y kayistas me acompañan en cada travesía dándome cobertura y avituallamiento, recordándome sin duda alguna, que las personas somos la energía que mueve el mundo.

Como se podrá imaginar el lector, la dedicación es absoluta, 24 horas al día, 7 días a la semana con la mente puesta en ese día en el que me lance al agua y comience, brazada a brazada, a materializar este desafío. Constancia, disciplina, voluntad, fe, motivación. La cuenta atrás ha comenzado, quedan 72 días.

 

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